miércoles, 30 de julio de 2014

3. Pacheco lee “Moby Dick” de Herman Melville

—“A veces siento que mi cuerpo no es más que las heces de mi mejor ser” —lee Pacheco.

El librero está tomando un té de menta. Se toma su tiempo para degustar el sabor que tantos recuerdos le trae.

—A eso es lo que me refiero, amigazo —dice Pacheco—. Antes de salir a dar batalla contra la gran ballena blanca, uno necesita de cierta condición. Y eso es, sentir lo que uno es, más allá de su cuerpo. ¿Me explico?

El librero sopesa la pregunta con calma, cruzando los dedos de las manos por encima del abultado vientre. Mirando sus estantes llenos de libros usados, contesta: —Yo no puedo hacer eso. Necesito de mi cuerpo. Y por más libros que lea sobre el espíritu, me es difícil comportarme como un espíritu. Eso que el narrador de Melville llama “su mejor ser” me es inalcanzable. Me conformo con ser este cuerpo y con esa certeza vivo de la mejor forma posible.

Pacheco regresa el libro de Melville a su estante.

—Bueno, amigazo, yo no soy como usted. Yo necesito ver cada día como una partida en busca de la gran ballena blanca. Necesito despertarme buscando a “mi mejor ser”. Perdonará usted esta discrepancia.

2. Pacheco lee “El Aleph” de Jorge Luis Borges

—Tzinacán está encerrado en una pirámide profunda y de piedra —dijo el librero.
—Yo también estoy encerrado, en esta librería —dijo Pacheco.
—Eso es falso —dijo el librero—. En cualquier momento puede salir a la calle.
—Es verdad —dijo Pacheco, con ánimos de debatir—. Pero incluso saliendo a la calle, seguiré encerrado en este cuerpo, en la identidad de Pacheco. ¿Y sabe una cosa? Yo también necesito encontrar “La escritura del dios”, igual que Tzinacán. Pero aquí no hay jaguares.
El librero sacó una enciclopedia con abundantes fotos de jaguares y se la mostró a Pacheco.
—Ah, bueno, eso puede servir —dijo Pacheco, que contempló las manchas de un jaguar  amazónico. Unos segundos después, cerró el libro y agregó: —El problema es que mi mente es occidental y la de Tzinacán es una mente ancestral. Por eso “La escritura del dios” para mí, está en otra parte.
—Entonces eres como el personaje de “Novela de ajedrez” —dijo el librero—. Lo único que tienes en la cabeza, son combinaciones. Nunca podrás encontrar el éxtasis, más allá de tu identidad.
—Tienes razón —accedió Pacheco—. Mi mente occidental es un tablero, lleno de combinaciones. Yo debí haber nacido sacerdote en un imperio azteca.

Segundos después, Pacheco salió a la calle, meditando en su conversación con el librero.

1. Pacheco lee “Novela de Ajedrez” de Stefan Zweig

—Este es el último libro que Zweig escribió en su vida —dijo el librero.
—También será el último libro que leeré, en mi vida —respondió Pacheco, que en esa mañana, pensaba en las combinaciones de sus pensamientos. En cosas que le pasaron de niño, intrascendentes.
—Estamos solos en los últimos días —dijo Pacheco.
El librero escribió en su cuaderno de notas, melancólico: “Yo no fui atrapado por la Gestapo. No estuve en una habitación blanca. No me dejaron en silencio todos los días…”. Quiso continuar escribiendo pero perdió inspiración.
Pacheco es un anciano.