—Yo también estoy encerrado, en esta librería —dijo Pacheco.
—Eso es falso —dijo el librero—. En cualquier momento puede salir a la calle.
—Es verdad —dijo Pacheco, con ánimos de debatir—. Pero incluso saliendo a la calle, seguiré encerrado en este cuerpo, en la identidad de Pacheco. ¿Y sabe una cosa? Yo también necesito encontrar “La escritura del dios”, igual que Tzinacán. Pero aquí no hay jaguares.
El librero sacó una enciclopedia con abundantes fotos de jaguares y se la mostró a Pacheco.
—Ah, bueno, eso puede servir —dijo Pacheco, que contempló las manchas de un jaguar amazónico. Unos segundos después, cerró el libro y agregó: —El problema es que mi mente es occidental y la de Tzinacán es una mente ancestral. Por eso “La escritura del dios” para mí, está en otra parte.
—Entonces eres como el personaje de “Novela de ajedrez” —dijo el librero—. Lo único que tienes en la cabeza, son combinaciones. Nunca podrás encontrar el éxtasis, más allá de tu identidad.
—Tienes razón —accedió Pacheco—.
Mi mente occidental es un tablero, lleno de combinaciones. Yo debí haber nacido
sacerdote en un imperio azteca.
Segundos después, Pacheco salió a
la calle, meditando en su conversación con el librero.

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